Es mentira que los regiomontanos seamos tacaños. Al menos yo no lo era, pero, por necesidad, tuve que convertirme en uno de ellos. Bueno, no tacaño -porque se lee muy feo-; digamos que me volví “cuidadoso” con el dinero, sobre todo a la hora de gastarlo en alimentos.Monterrey no tiene una comida típica sabrosa y sus habitantes no tienen –según ellos-tiempo para cocinar, por eso hay tantas opciones de restaurantes y tanta franquicia gringa. Fuera de la carne asada y el mentado cabrito -que es carísimo y no a muchos les gusta su sabor- no tenemos un platillo del cual presumir.
Comer en un restaurante “bueno” en mi ciudad, es sinónimo de comer muy caro y, a veces, muy malo. Como que la gente de aquí relaciona el precio alto con la calidad del lugar y la buena sazón de los alimentos. “Si es caro, entonces debe ser bueno”, piensa el regiomontano.
Por eso los regios pagan sin rezongar 280 pesos por un corte de carne, 160 por una pasta a la boloñesa, 45 por una cerveza, 35 por una Coca Cola, 90 por un Martini, 60 por un café, 80 por una ensalada. Nunca ven esto como un robo, al contrario: lo ven como “un lujo que pueden darse”; lujos que con el tiempo –y la pérdida de un empleo- he aprendido a darme en casa y de mejor manera.
Me volví “precavido” con los de “Juanita de Asbaje” una noche después de cenar con mi vieja en un restaurante de comida italiana del que me habían platicado mucho. El lugar estaba lleno de comensales y muy pipiris nice en su decoración: con candiles a media luz y cuadros enormes decorando las paredes. Lo primero que hizo el mesero cuando nos sentamos, fue recomendarnos un “carpacho” de betabel. Se escuchaba “muy acá”, y más a como lo describía el hombre: con ademanes y toda la cosa. Cuando nos trajeron el platillo “especialidad de la casa”, quedé sorprendido, pues, en efecto: era un platillo chiquillo que no tenía ni medio betabel cortado en rebanadas muy delgadas, espolvoreado con trocitos de una lechuga amarga (la mentada arúgula, que yo le entendí al mesero que era “beluga”), tantito limón, un chirris de aceite de oliva (sí, “el chirris” es una unidad de medición) y tantito vinagre. ¡Ochenta y cinco pesos costó la chingadera ésa! Mi mujer había pedido de entrada una ensalada pomodoro caprese, que no era otra cosa que un chingao tomate partido en cuatro, con tres pedacitos de queso de cabra, limón, pimienta y un chorrito de aceite de oliva. Setenta pesotes costó su chistecito con nombre en italiano.
Y ya no quiero recordar cuando pedimos los 100 gramos de pasta más caros de mi vida (nomás porque traía tres camarones), ni las copas de vino que cada una costaba lo que una botella de un litro en Soriana, porque me pongo a llorar.
Ya en casa, indignado y en calzones (que es como pienso mejor y como me dejaron los cabrones del restaurante italiano), me dije: “¡No más!”. No por miserable, tacaño o porque quisiera ahorrar para mi futuro, simplemente lo decidí porque me sentí robado. En verdad sentí que acababan de asaltarme. Más bien, sentí que me había dejado asaltar. Sentí que había tirado estúpidamente mi dinero en tomate y pasta, los alimentos más económicos del mundo (o casi los más económicos). Esa noche –en chones, como pienso mejor- recordé todas las veces que en nombre de la “buena cocina” me habían robado, en especial, la vez que pedí unas quesadillas con chapulines y “crema de aguacate”. La orden de tres pinchurrientas quesadillas con guarnición de frijoles negros costaba 90 pesos. ¿En serio? Una tortilla con queso, guacamole rebajado con leche (ésa era la “crema de aguacate”), frijoles e insectos, ¿puede valer tanto?
Hasta esa noche –que casi me convierto en Hulk por el coraje- pude darme cuenta de la triste realidad de la mayoría de los restaurantes de mi ciudad: te roban descaradamente y la gente se deja robar, punto. Te sirven porciones mínimas con los productos más baratos del mercado, les ponen nombres elegantes o en otro idioma, te dicen que son platillos “gourmet” y te hacen sentir importonto.
Fue entonces que decidí no volver a esos restaurantes por voluntad propia, a menos que fuera estrictamente necesario o una ocasión especial.
Y así cambié muchos de mis hábitos y comencé a tomar cursos de cocina por internet en mis ratos libres, a bajar recetas de páginas e incluso a ver al chef Oropeza (chale… todo lo anterior suena a como cuando alguien sale del clóset… pero todo lo hice por mejorar mi economía, juro que no hubo nada de joterías).
Lo primero que aprendí fue a preparar ensaladas, lo más sencillo y lo más económico. En mi ignorancia, quedé sorprendido con la variedad de recetas que encontré en la red, que ya ni ganas de comer carne me daban. Lo que más me gustó de mis descubrimientos, fue que estaba matando, no dos, sino tres pájaros de un tiro: comía barato, comía rico y comía saludable. Al mes, bajé la panza y engordé mi bolsillo.
También empecé a cocinar caldos y sopas, a preparar pastas (increíble que medio kilo de pasta cueste menos de 30 pesos y coman 5 personas), comprar especias a granel para hacer aderezos, etcétera. Lo más “caro” o los “lujos que me daba”, eran los champiñones, el atún, los camarones, el salmón y el queso de cabra que, sabiéndolos comprar, no son caros.
En un par de meses ya dominaba casi 15 platillos de los que es difícil hartarse.
Este escrito tiene como finalidad darles un muy simple consejo: no se dejen robar. Ah, y aprendan y dense tiempo para cocinarse. Cuando lo hagan, se darán cuenta de lo económico que es comer saludable, rico y en casa; y, cuando lo sepan, les darán ganas de ir a poner bombas en cada uno de esos restaurantes donde pagaron más de 15 pesos por un caldo tlalpeño.
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